Desde que me despertaron, no paré de estar al tanto de lo que le pasaba a mi amigo. Siempre lo veía ahí, con sus gafas puestas, y cambiando las manos y la postura para poder verme bien y a gusto. De vez en cuando, se cansaba y me dejaba una nota y me hacía dormir pequeñas siestas. Hoja a hoja, día a día, yo iba muriendo y el me miraba cada vez con diferentes ojos en cada hoja que pasaba. Finalmente llegó la última hoja... y me cerró.
Pensé que ese iba a ser mi fin, pero él volvió a mi, volvió a mirarme y mirarme. A partir de ese momento, él nunca me dejó, siguió leyendo mi cuerpo y mi alma, de una historia que mi padre me dejó pintada en mi.