Esa ciudad no era mi hogar, ni tampoco una ciudad para vivir en ella. Observaba la pobreza y la riqueza, la felicidad y la tristeza y no encontraba ninguna diferencia.
Entonces apareciste tu, otra cara mas en un vagón que no lleva a ninguna parte. Nuestros ojos se cruzaron, enseñaste tu mejor sonrisa y yo te imité. El viaje se hizo fugaz hasta que te levantaste y me miraste esperando una respuesta de un desconocido. Yo no la descifré y te perdí.
Perdí una cara desconocida, sonriente, lucida y extranjera...
