Un día preguntó a su padre si le llevaba al tiovivo de la plaza. Su padre, contento y feliz lo llevó al tiovivo.
El tiovivo de la plaza, no era un tiovivo normal, era un tiovivo muy muy viejo, pero que nunca pasaba de moda. Lo llevaba un anciano, el cuál heredó el tiovivo de su padre y este de su padre, y así progresivamente.
Los rumores dicen que era un tiovivo ¡mágico!
El niño y el padre, fueron al famoso tiovivo. Ya montado y agarrado a su caballo azul, al que llamaba Rocinante pero ser tan delgado como el caballo del famoso hidalgo, la atracción empezó a dar vueltas y vueltas, y más vueltas.
Padre e hijo ya en su casa, se dieron cuenta que habían dejado un zapato en el tiovivo. El padre corriendo, fue a hablar con el anciano del mágico tiovivo. Este le dijo que lo que se pierde en el tiovivo, se queda en el tiovivo, y que volviese mañana. El padre extrañado por la respuesta del anciano, volvió a su casa donde le contó a su hijo lo que le respondió el anciano.
Al día siguiente, fueron a la plaza, el tiovivo estaba en marcha. Pero de repente el tiovivo paró y dejó a la vista ¡un precioso zapato negro tan grande como el azul caballo Rocinante!, En el se encontraba un niño que agarraba los cordones para no caerse...
Y colorín colorado este cuento se ha acabo, ¿Te ha gustado?
